Puente de los Lobos.
Salimos desde Canto Cochino con una idea clara en la cabeza: ir a buscar una de esas rarezas que solo existen en la Pedriza, el Puente de los Lobos. Pero antes, como suele pasar por aquí, el terreno nos fue llevando. Nos acercamos al Tolmete, una mole enorme que impone solo con mirarla. En su base se esconde un vivac amplio y bien resguardado, de esos que invitan a imaginar noches de viento fuera y silencio dentro. Merece la parada, sin duda.
Desde allí ya pusimos rumbo al objetivo, pero antes no detenemos un momento para admitar una roca que nos llama mucho la atención antesd e llegar al vivac de las Oseras.
Y cuando por fin aparece el Puente de los Lobos… impresiona de verdad. Una gran roca suspendida entre otras dos, como colocada a pulso en un equilibrio imposible. Es uno de esos lugares que no necesitan explicación: te quedas un rato mirándolo y ya está.
Continuamos hacia la Pradera de Navajuelos, donde las pequeñas lagunillas aparecían heladas, brillando entre la hierba. Un rincón tranquilo, abierto, que contrasta con el caos de bloques que domina buena parte de la jornada. Muy cerca nos esperaba la Teta Retorcida, con esa forma tan suya, juguetona, que hace que cada uno vea algo distinto.
Más adelante alcanzamos el Cancho Rasgado, también conocido como el Risco de los Suicidas, un lugar áspero, afilado, muy en la línea de esta Pedriza más salvaje.
Desde ahí nos dirigimos primero hacia Cancho Buitrón, avanzando entre ese laberinto de bloques que te obliga a leer la roca y a moverte con calma, enlazando pasos casi sin darte cuenta.
Desde Cancho Buitrón ya sí comenzamos el descenso, rodeando por la cara norte al Buitre Negro y al risco de las Arañas Negras. Aquí la montaña cambia de tono. Es una bajada sin camino, con mucha pendiente y terreno descompuesto. En esta época del año, y por estar en orientación norte, eso significa umbrías constantes y planchas de hielo escondidas entre la roca.
Nos obligó a ir con mil ojos, zigzagueando, buscando apoyos seguros y esquivando esas zonas traicioneras que no siempre se ven a la primera. Un tramo serio, de los que te meten de lleno en la montaña y te hacen avanzar despacio, con cabeza y respeto.
Poco a poco fuimos perdiendo altura hasta llegar a la base del mítico Risco del Pájaro, una de las siluetas más reconocibles de la Pedriza.
Desde allí descendimos por el Platillo Volante, entre canales y rampas de granito, hasta terminar junto a la roca con forma de Calavera, poniendo un broche perfecto a una jornada de las que se quedan grabadas.
Una ruta exigente, sí, pero sobre todo llena de rincones con alma. De esas que no se recorren deprisa… se saborean paso a paso.
Espero que os guste.
DATOS DE LA RUTA:
IBP: 84
Distancia Total: 10.99 km.
Desn. subida: 758 m.
Desn. bajada: 758 m.
Altura máxima: 1745 m.
Altura mínima: 1028 m.
Tiempo total: 9:00 h.
Dificultad: Alta
Dificultad: Alta
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